Sábado, 7 de la tarde. Después de una pequeña discusión ideológica con mi padre, me veo forzado, después de varios años, a ir a la iglesia a escuchar misa. Así es, en vez de distraerme en otros menesteres, me veo en la difícil situación de ir a escuchar misa. En fin, ahí estaba, un poco malhumorado y con ganas de seguir discutiendo con mi progenitor. ¿Yo, en la iglesia? ¿Cómo es qué llegué aquí? ¿Cómo es que perdí la pelea con mi padre? En medio de la controversia, llegó a mi cabeza que con el que estaba discutiendo era mi padre, le tengo que respetar; ni hablar, no le podía ganar. Ya situados en la Parroquia de Nuestro Señor Jesucristo, traté de buscarle el lado positivo a mi triste situación, que básicamente se centraba en lo que quería o no hacer ese día. ¿Cómo sacar provecho en la Casa del Señor? Empecé a reflexionar sobre mi rol de católico, que, como pasa en todas las religiones, son heredadas de padres a hijos, generación tras generación, hasta que algún evento desafortunado rompe con la fe o los intereses que uno persigue en dicha religión.
Vino a mi mente mis primeras incursiones en lo religioso y en la veneración de dios, pues, como seres humanos, se tiene la imperiosa necesidad de encontrarse con el ser creador de todo para comprender el mundo en el que se habita. Mi casa tenía algunas estampas y figuras religiosas, las cuales me daban un poco de miedo, aún me pregunto el porqué de mostrar a los santos o a Jesús todos llenos de sangre y moribundos. Felicito a los romanos por crear algo tan horroroso como castigar a los hombres en una cruz enorme de madera, ni los cárteles mexicanos tienen tanta imaginación. De niño me encantaba que fuera domingo, era, digamos, el día de la familia antes de que Fox llegara a nuestras vidas. Siempre íbamos todos al centro a comprar cosas, a pasear, o a ir con la abuela y estar con los tíos y primos (que por cierto tengo muchos); en pocas palabras, salir de lo cotidiano de la semana. El único inconveniente era que, para que empezara la diversión, tendríamos que pasar una hora en la iglesia. Por Dios, que aburrido era. Nunca me agradó eso de sentarse y pararse una hora y escuchar sermones de hacer el bien y no la guerra. Ustedes dirán que solo es una hora… pero parecían miles, y uno como niño que solo quería jugar pues no encajaba. Mis papás me decían a cada momento: “quédate quieto”, “no te muevas”,” respeta”. ¿Por qué el Papa no decreta cambiar el ritual para que no se duerma la gente? Cosa diferente era la época navideña y todo el rollo de acostar y levantar al niño dios. Eso sí que me gustaba. A parte de los regalos (en navidad), la comida, la colación y la convivencia familiar, eso de andar cantando acerca de pastores con zapatos rotos y una virgen que se peina era divertido, muy alegre. Ahí no me decían nada, todo era festejo.
También recuerdo mi época religiosa más marcada: los tiempos de la primera comunión. Estaba en sexto de primaria y, como siempre he sido muy “estudioso” (por no decir nerd), me aprendí todos los rezos y cosas por el estilo, tal vez por mi ego profundamente arraigado y la enseñanza de ser siempre mejor que los demás en lugar de mi devoción hacía el señor. Además el ambiente estaba muy bien: estaban todos mis amigos y las clases eran en una casa ubicada en una calle llena de protestantes y cristianos donde vivía un matrimonio profundamente católico. A veces nos tocaban naranjazos al salir a nuestras casas. Aparte de eso, asistía a los rosarios de la virgen y a las posadas. Era todo un creyente. Pero después me salió lo crédulo. Crecí, empecé a leer, abrí mi mente y mi pensamiento. En ese lapso realicé lo que se llama la confirmación, pero lo hice porque había promoción de 3x1 en la iglesia (digo, tal vez me casé, prefiero ahorrarme problemas).Me di cuenta que no necesito confesarme con un señor que ni conozco y que no inspira confianza, no necesito intermediarios con Dios. Creo que todos, por la educación que recibe, saben diferenciar lo bueno de lo malo, todos tenemos conciencia, incluso desde pequeños. Y si no se sabe lo que es correcto, pues ahí está el código penal.
Pero no he llegado a contestar las razones por las que llegué a la iglesia, que por cierto no es mexicana sino apostólica y romana. En fin, accedí a ir con la familia a escuchar misa por mi padre. No porque me lo ordenará (pero si lo hizo), sino por sus intereses. Me dijo enfrente de todos que, aunque hace ya años que no asistíamos a misa, el prometió asistir a misa todo un año para que nos vaya bien a todos y se nos cumpla lo planeado. Mi padre va todos los años (desde hace unos 25 o más) a pie a San Juan de los Lagos para pedirle a la Virgen que cuide a mi familia y no tengamos carencias; se va de rodillas al Santuario de la virgen de Guadalupe por los mismos motivos. Yo estoy en contra de todo eso de andar sufriendo según tu creencia para que se cumpla lo que uno pide, pero mi padre hace eso no por él, sino por mi madre, mis hermanos y por mí. Si mi padre sufre para que yo esté bien, y cree que con eso se cumpla, no tengo la autoridad para decirle que está mal lo que hace. Al contrario, le tengo que agradecer. Además, no creo que una hora de sermones me mate. Total, ya estoy aquí.
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